06.07.26

Las variedades autóctonas, ¿un valor de futuro o un pasado romántico?

La defensa y recuperación de las variedades de uva autóctonas, en contraposición a la proliferación de las variedades foráneas, es el tema de debate más candente y encarnizado actualmente en el mundo del vino, en Cataluña, pero también en la mayoría de zonas vitivinícolas europeas, excepto, claro, en las zonas productoras francesas de donde son franceses foráneas.

Incluso en los países del Nuevo Mundo Vitivinícola, Australia, Argentina o Chile, donde no disponen de variedades autóctonas dado que la vitivinicultura es una actividad agrícola importada de Europa, han intentado -y logrado en algunos casos- hacerse suyas algunas variedades de uva, todas de origen francés. Así, Australia ha adoptado el será como uva más representativa del país, Argentina la variedad malbeque, Chile la carménère (extinguida a raíz de la filoxera en Burdeos, su lugar de origen) o la tannado a Uruguay.

¿Y cómo es que ahora se debate tanto al respecto si hace unos años -ponemos treinta- nadie hablaba de eso? Pues por un lado, porque los conocimientos de los consumidores eran mucho más básicos y la elección se basaba en la marca sin muchos más criterios. Además, había menos variedades a elegir, ya que las francesas apenas se popularizaban y las autóctonas no se habían llevado de un lugar a otro, así que en cada zona se elaboraba con las dos o tres variedades locales. Por otra parte, hasta hace unos años no era frecuente el control de temperatura de la fermentación y esto no permitía respetar tanto como los aromas primarios procedentes de la uva. La mayor parte de los matices venían del clima y del terreno locales y de la elaboración y crianza, así que la variedad era mucho menos decisiva que ahora.

También es cierto que la incorporación de los nuevos países elaboradores, como California o Australia puso de moda explicitar las variedades, dado que estos sitios no tenían otros datos relevantes que poner en la etiqueta para dar a conocer al consumidor qué tipo de vino ofrecían. Y así fue como los elaboradores europeos descubrieron que el vino de toda la vida, hecho con garnacha, macabeo o monastrell, de repente se convertía en un prestigioso “monovarietal de garnacha”, a pesar de que entonces todavía eran mucho más frecuentes los vinos elaborados con coupage o mezcla de diversas variedades.

¿Y porqué el debate es tan enconado y despierta tantas pasiones? Pues muy fácil: Las bodegas, incluso los viticultores, son empresas con lógicos intereses económicos y los viñedos son plantas leñosas con una vida estimada de un siglo o más, que no son productivas hasta el tercer o cuarto año después de plantadas y que alcanzan una calidad óptima a partir de los diez. Así que puede ser un descalabro económico para una bodega o viticultor que ha apostado por las variedades foráneas, que de repente, después de que hace veinte años parecieran que eran la salvación del sector y la apuesta más rentable, ahora se popularice la sensación de que —esto en el mejor de los casos— son vinos que no están “de moda” y en el pecho calidad.

Por otra parte, quienes han apostado por las variedades autóctonas, o que simplemente las conservan porque en su momento no dispusieron de capacidad económica para sustituirlas por las foráneas, lógicamente defienden su opción. De hecho, gran parte del éxito originario del renacimiento, a principios de los años ochenta, de los vinos prioratinos se basa precisamente en que en el momento en que se popularizaron la plantación de cepas de variedades foráneas, el Priorat era una comarca deprimida, que había quedado al margen del éxito cavista del Penedès, cosa que hizo imposible. y sustitución de las viejas cepas de garnacha y cariñena por otras jóvenes más productivas y de variedades “a la moda”.

Así, cuando el ya mítico grupo de "pioneros" o "magníficos" del Priorat decide elaborar vinos de alto nivel en esta comarca, lo hace disponiendo de un impresionante patrimonio de viñedos viejos de estas variedades autóctonas. Otro ejemplo es la Terra Alta, donde los viticultores estuvieron muchos años lamentándose —y pasándolo económicamente muy mal— por no pertenecer a la DO Cava y no poder vender sus uvas a los cavistas del Penedès. Esto les llevó a conservar un gran viñedo de garnacha blanca, de cepas adultas y de baja producción, que en estos momentos es lógico que intenten poner en valor.

Lo cierto es que en un mundo globalizado, la singularidad es un valor añadido. Así que disponer de variedades autóctonas locales, que diferencian y dan una personalidad única a los vinos catalanes de diversos lugares, es una oportunidad que no se puede dejar pasar.
Así, la uva trepada en la Conca de Barberà, el xarel·lo en el Penedès, el macabeo en Tarragona, la garnacha blanca en la Terra Alta, la garnacha y la cariñena tintas en Priorat, Montsant y Empordà, donde además, se está recuperando también la cariñena blanca, el pino almohada y el picapoll y el picapoll de la trilogía del cava: macabeo, xarel·lo y parellada, es un patrimonio único que debe ponerse en valor. Seguramente es por eso que en la DO Costers del Segre están trabajando en la recuperación de la variedad encontrada.

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